Tendrían que cambiar mucho las circunstancias, pero una de las cosas que me dan más rabia es casi tener la seguridad de que no volveré a poner los pies en la Capilla Sixtina.

Y si lo hago algún día por alguna razón extraartística, seguramente me negaré a mirar hacia el techo si resulta que tengo que estar rodeada de cientos de personas a mi alrededor dándome golpes con sus bolsas y codos. La última vez que estuve frente al Museo del Louvre también me dio pereza entrar cuando vi la larga cola. La masificación que viven muchos museos del mundo no pone las cosas fáciles a la contemplación del arte, que necesita, sin que haya un silencio absoluto ni una quietud aterradora, de una actitud abierta al conocimiento y a la atención consciente.

Selfies en la exposición Meet Vincent Van Gogh.

Hace casi tres décadas se celebró a bombo y platillo el centenario de la muerte de Van Gogh y el aniversario coincidió en el tiempo con el hecho de que dos obras del pintor –Los girasoles y Retrato del doctor Gachet– alcanzaron precios récord en las subastas. Los medios de comunicación iban llenos de noticias sobre el pintor holandés, que pasó de ser una estrella a ser una estrella mediática. Hay una diferencia cualitativa entre una cosa y otra. Si hiciéramos una encuesta por la calle y preguntáramos cuál es su pintor preferido a las personas que pasean por la calle, seguro que Van Gogh sería uno de los nombres más repetidos.

Foto: @Jeffrey Steenbergen.

El museo del pintor en Amsterdam, inaugurado en 1973 con el legado heredado y conservado todavía por los descendientes del artista, notó fuertemente este cambio de estatus hace tres décadas y hoy en día atrae a más de 2.200.000 visitantes, cuando de hecho se trata de un museo de formato medio. Las colas, pues, como en otras célebres pinacotecas del mundo, son habituales. Y es cierto, que siendo Van Gogh un pintor de fama tan universal, muchas personas no se podrán desplazar nunca a Amsterdam a visitar el museo monográfico del artista. Por otro lado, cada vez es más difícil que las obras maestras del museo se presten para exposiciones debido a su vulnerabilidad material y el alto coste de los seguros.

Esta es la justificación que el museo holandés da para haber creado y organizado la exposición Meet Van Gogh, situada en el Pla de Miquel Tarradell del Port Vell de Barcelona, pero que tiene versiones iguales en otras ciudades del mundo como Seúl. La barcelonesa es la primera parada europea de esta muestra sobre el pintor, instalada bajo una gigantesca carpa, a la manera de un circo.

En cierto modo, la justificación del museo para llevar por el mundo este montaje tiene que ver con lo que decíamos al principio de este artículo: si por lo que sea no puedes o no quieres ir a ver la obra de Van Gogh en directo, Meet van Gogh te aporta una experiencia paralela, un pequeño simulacro. Y de paso, el espectador puede acceder también a una amplia copia de la tienda del museo, al final del recorrido, que da aún más ingresos a la institución. Comercialmente -porque las entradas no son baratas- es una buena jugada del museo.

Todo tiene una apariencia de hace un cuarto de siglo.

Pero ¿y culturalmente? El guión de Meet Van Gogh se ha estructurado a través de las mismas palabras del pintor a su correspondencia. Hasta aquí nada que decir. Es una opción tan buena como otra, aunque sesgada. En la presentación de la muestra, los responsables del museo insistieron en que esta es la única versión de una exposición sin obras de Van Gogh, que aporta realmente conocimiento sobre el artista. Lo dicen porque corren por el mundo otros espectaculares montajes digitales interactivos e inmersivos sobre la obra del pintor, como la que se presenta en el Atelier des Lumières de París, que tienen muy poco de exposición y mucho de experiencia sensorial. No tengo nada en contra, al contrario, pero es otra cosa. Un tipo de experiencia que tendrá un espacio fijo en Barcelona a partir de otoño en el nuevo Centro de Artes Digitales, situado en el antiguo cine Ideal, que se inaugurará con un montaje sobre Claude Monet.

 

El problema es que Meet Van Gogh se vende como si fuera una experiencia inmersiva y no lo es. La confusión es descomunal porque el espectador puede haber visto en las redes las espectaculares imágenes de las otras versiones. La muestra se quiere desmarcar de los montajes digitales definiéndose como una exposición “más seria” pero tampoco resulta ser una buena exposición seria. Se podría haber utilizado una tecnología más punta y no lo hace. Las decoraciones donde el visitante se puede fotografiar, como la recreación de la célebre habitación de Van Gogh en Arles, son muy de cartón piedra. Cualquier montaje de exposición de mediados de los años 90 en el CCCB, por ejemplo, daba 50.000 vueltas a este diseño. Todo tiene una apariencia de hace un cuarto de siglo. Los paneles proyectados no son ni de alta definición (si lo son, no lo parecen). Y en medio de todo este aburrido despropósito, el conocimiento tampoco destaca y queda diluido. Lo mejor, la tienda. Meet Van Gogh se queda a medio camino y no es ni una buena exposición documental ni una experiencia inmersiva. Así que no seáis tan radical como yo y si queréis arte, mejor viajar, hacer colas y admirar los Van Gogh reales.

La exposición Meet Van Gogh se puede visitar en el Pla de Miquel Tarradell, en el Port Vell de Barcelona, hasta el 2 de junio.