Felipe IV contrató a Diego de Velázquez cuando tenía veinticuatro años. Recién llegado a un Madrid que vivía la fiebre del oro. Era la España del siglo de oro, del oro que llegaba a Sevilla desde las Indias y que tan pronto entraba en las arcas reales, salía hacia Europa.

Los Austrias llevaban desde tiempos del bisabuelo de Felipe IV, el emperador Carlos V, enzarzados en unas guerras que consumían buena parte de las riquezas de la corona.

Diego Velázquez, Marte, c. 1638. Museo Nacional del Prado, Madrid.

Un buen pellizco de este oro terminaba en las bolsas de los soldados de los tercios fundados por el Duque de Alba en Italia. Se les llamaba así porque estaban formados por 3.000 soldados de infantería o porque un tercio permanecía en Italia, otro en España y el tercero en Flandes. Poner una pica (lanza larga) en Flandes era carísimo, de ahí el aforismo.

Marte (1638) es una de les piezas emblemáticas que el Museo del Prado ha cedido a CaixaForum para esta celebrada exposición sobre Velázquez y el siglo de oro.

El artista nos retrata el dios de la guerra medio desnudo en un óleo de tamaño natural. Marte se sienta de forma descuidada (“casual” diríamos) con las armas a sus pies. El yelmo le cubre medio rostro y sólo los bigotes de Capitán Alatriste sobresalen en la penumbra. Velázquez nos presenta uno de aquellos soldados medio derrotados de los tercios, quizás hasta asqueados tras tantos años de luchas estériles.

Velázquez lo pintó unos años después de su primer viaje a Italia, donde había pasado horas y horas copiando el milagro de la Sixtina.

Velázquez no era un idealista del Renacimiento sino un barroco.

Miguel Ángel era un dios desde que Julio II había inaugurado la capilla dedicada a su tío Sixto IV en 1512. Cien años después el joven español obtuvo permiso para empaparse del genio de Caprese. Quizás ese sea el motivo por el que su Marte nos recuerde una figura de la tumba de los Medici en san Lorenzo de Florencia o a alguno de los efebos de la Sixtina. La paleta del artista no estaba demasiado alejada.

Pero Velázquez no era un idealista del Renacimiento si no un barroco. Había bebido de las fuentes de Caravaggio en las que el realismo se imponía a la belleza, aunque el español consiguiera que fueran de la mano.

Marte parece cansado, pero todavía lleva el casco. No es un soldado en la reserva. El cuadro mitológico iba destinado a las dependencias de un rey que quizás estuviera cansado, Felipe IV. La guerra de los treinta años había empezado tres años antes de pintar el cuadro, en 1635.

Ya habían tenido lugar la Rendición de Breda, inmortalizada por el pintor entre 1634 y 1635, y las victorias militares españolas de Nördlingen (1634) y Fuenterrabía (1638).

Los tercios siguieron imparables unos años más. Tuvieron tiempo de provocar una guerra en Catalunya, la de los segadores, dos años después de que el cuadro fuera colgado en las paredes de Torre de la Parada, la finca de caza de Felipe IV. Los tercios de Alatristes de Pérez Reverte siguieron paseándose por Europa hasta que perdieron su prestigio en la derrota de Rocroi (1643).

Diego Velázquez, El príncipe Baltasar Carlos, a caballo, 1634-1635. Museo Nacional del Prado, Madrid.

Otra de las piezas estrella de la exposición de Caixafòrum es el retrato del malogrado niño El príncipe Baltasar Carlos, a caballo, realizada el mismo año que el Marte. El heredero murió a los dieciséis años y forzó a Felipe IV a casarse con María Ana de Austria para engendrar otro heredero.

Al poco tiempo el imperio de Felipe IV “se iba a la porra” (expresión popularizada entre los soldados de los tercios: durante los descansos de las marchas, los arrestados se sentaban junto a un sargento que llevaba una porra) y de las Américas llegaba cada día menos oro.

A Felipe IV de poco le sirvió engendrar finalmente un heredero que recibió el nombre de Carlos II, y que fue conocido como el hechizado. Los Austrias españoles habían llegado al final de la dinastía, y en 1700 Carlos II murió sin descendencia.

Para no perder las buenas costumbres peninsulares hizo falta otra guerra para dirimir quién se quedaría con los despojos de ese imperio. Ganaron los Borbones y en 1714 el Anjou Felipe V clavó una pica en Barcelona.

Han pasado trescientos años y de ese imperio apenas queda nada. Por suerte se conservan los cerca de 800 óleos de la colección de Felipe IV hoy en el Museo del Prado.

¡Feliz bicentenario y que cumpla muchos más!

La exposición Velázquez y el Siglo de Oro se puede visitar en el CaixaForum Barcelona hasta el 3 de marzo de 2019.