Me llega la triste noticia de la muerte del pintor Vicente Rojo, a los 89 años en la Ciudad de México, a quien tratamos y expusimos en la década de los noventa.

Tenía el cráneo afilado, los ojos pardos y melancólicos y una barba entre revolucionaria y mística; era un hombre que parecía talmente salir de un retrato de El Greco.

Uno de los característicos volcanes con pirámides de Vicente Rojo.

Como ocurre a menudo, primero conocimos la obra y luego a la persona. Nos maravillaron sus pinturas de México bajo la lluvia que vimos expuestas en la Tecla Sala en 1997 y, rápidamente, quisimos exponerlo en nuestra sala de la calle de la Palla. Jordi Umbert, el director, eficaz como pocos, nos puso en contacto y establecimos una relación que iba más allá del mundo profesional y se acercaba mucho a la verdadera amistad.

Tenía un pied-à-terre, medio vivienda medio estudio, en la calle Petritxol; y de ese espacio oscuro salían unas acuarelas luminosas y metafísicas, acompañadas de su sonrisa socarrona y de una modestia a prueba de artista. Le acompañaba siempre su esposa Alba, dulce y risueña, que era su contrapunto justo, la cual murió repentinamente poco después.

Expusimos su obra en 1999, y el prólogo del catálogo lo escribió Gabriel García Márquez, a quien había conocido en los años sesenta: “Conocí a Vicente Rojo cuando ambos creíamos ser desdichados. Sólo que a él se le notaba más. Era el México mítico de los años sesenta, donde había que trabajar mucho para medio vivir, y si no nos quejábamos de la pobreza era porqué no conocíamos nada mejor”, escribía el autor de Cien años de soledad, el diseño de cuya primera edición fue obra de Vicente Rojo. Repetimos exposición en 2001, con una serie enigmática de pinturas matéricas sobre volcanes, en la nueva galería que acabábamos de abrir en la misma calle de la Palla.

Era sobrino del general republicano que intentó salvaguardar Madrid de Franco.

Tiempo después, Rojo se unió a la escritora Barbara Jacobs, viuda de su amigo Augusto Monterroso, perpetuando la amistad que ya existía entre ambas parejas. Nos dejamos de ver. Con la triste noticia de su pérdida recuerdo a Rojo, un hombre que siempre quedó traumatizado por la guerra española y el exilio. Era sobrino del general republicano que, con el mismo nombre y apellido, intentó salvaguardar Madrid de Franco. Sucumbió. Su padre huyó a México y él no lo reencontraría hasta diez años después.

Él siempre recordaba sus años de niño en Barcelona, y en su memoria había fosilizado una imagen urbana, la que se veía desde lo alto del Paseo de San Juan con el Arco del Triunfo, y el mar y el cielo de telón azul de fondo, la pintó tantas veces para no olvidarla. Hoy me he plantado en Rosselló con el Paseo de San Juan ­escenario también de mi desdichada infancia­ para rendirle un homenaje. Llovía. He pensado que no hay nada arbitrario, todo tiene un sentido: ahora es Barcelona bajo la lluvia, una imagen para cerrar el círculo, la metáfora perfecta de la pérdida de un gran artista y de un buen amigo.