En el año 1951, Isaac, Ana Maria, Ismael y Paco Smith Marí embalaban sus pertenencias en la lujosa mansión que tenían en el pueblo de Irvington, en la ribera del Hudson, lugar residencial predilecto de los ciudadanos más acaudalados de Nueva York.

La destinación del conjunto de objetos, muebles, tapices, esculturas y cuadros era Sitges porqué estaban adquiriendo el Palau de Maricel a los herederos del multimillonario americano Charles Deering. Treinta años después, los Smith –que habían hecho fortuna en los USA– planificaban instalarse de nuevo en Catalunya y, a la vez, crear un museo dedicado a Ismael, el artista de la familia.

Ismael Smith, Ilustración satírica. Barcelona, ca. 1905.

Ana Maria estaba entusiasmada, y escribía a sus primos de Sabadell el nombre reconvertido del palacio sitgetano: Marí Cel. Pero el anhelado cielo de los Marí se quedaría solo en proyecto, porqué Isaac, que era quien entonces controlaba las economías del clan, moría aquel mismo año, justo en Barcelona en donde se había desplazado para firmar el contrato de compraventa y, de pasada, también para operarse de un cáncer que sería tan fulminante que no le daría tiempo a formalizar la transacción. Sin Isaac, el plan de los Smith Marí se iría al traste. Ana Maria moriría tres años después, y quedarían solamente Ismael y Paco. Los dos hermanos no se entendían en absoluto y su convivencia pronto sería un infierno. Finalmente, Ismael, que vivía en estado medio salvaje en la mansión, y se paseaba desnudo por el parque, fue ingresado, después de una denuncia por escándalo público, en el psiquiátrico de White Plains, en donde estaría recluido hasta que murió en el año 1972.

Ismael Smith, La mujer de Putifar. New York, 1924.

En 1955, todas las cajas destinadas a Maricel que contenían esculturas, grabados, dibujos y pinturas de Ismael, no se habían desembalado y en aquel momento, cuando las cosas ya iban de mal en peor con Paco, Ismael decidió enviarlas a Catalunya, tal como inicialmente estaba previsto –quizás ya intuyendo que la situación en Irvington tendría un final fatídico–, y las donó, con todo su contenido, a la Junta de Museus, que es quien finalmente había adquirido el edificio sitgetano vecino del Cau Ferrat. Con esta donación, formada por casi un millar de obras, Smith se vindicaba a sí mismo, pero entonces nadie le hizo caso. En una carta a Joan Ainaud de Lasarte, en aquél momento director del Museu d’Art Modern barcelonés, Ismael le comentaba que hiciera lo que le pareciera oportuno de todo lo que le enviaba, como si quería irlo repartiendo por diferentes pueblos. Pero en realidad, una vez desembaladas las cajas, su contenido se quedó muerto de risa en los almacenes del museo de la Ciutadella y, después, en los del Palau Nacional, en Montjuïc, durante más de medio siglo, sin que nadie le hiciera caso alguno, más allá de despreciarlo y dejarlo de lado como la obra de un chiflado.

Ismael Smith, La miseria. Barcelona, ca. 1905-1906.

Aparte de las vindicaciones de amigos del artista, como Miquel Utrillo, o de historiadores y críticos de arte como Rafael Santos Torroella o Josep M. Cadena, la recuperación smithiana vendría gracias a galeristas y anticuarios, los cuales, ya a título póstumo, confiarían en su talento.

Primero fue la Sala Rovira, situada en la rambla de Catalunya, quien, en 1973, hizo una espléndida exposición de dibujos de los años 1907 al 1911, un hecho que propició que su obra comenzara a entrar en prestigiosas colecciones privadas. Después fue la Sala Parés, quien organizó otra, el 1985. Cuatro años más tarde era Artur Ramon, quien presentaba una monográfica, en la cual además de dibujos incluía una serie de esculturas, de edición póstuma en bronce, que correspondían a los yesos que acababa de identificar y recuperar a raíz del derribo de la torre que tenia Manuel Rius i Rius, en la Bonanova. En paralelo, algunas instituciones, que habían recibido donaciones importantes de los herederos del último de los Smith –Elizabeth Knapp, por un lado, y, por el otro, Enrique García-Herraiz–, como la Hispanic Society of America, de Nueva York, o la Biblioteca de Catalunya y la Calcografía Nacional, organizaban sendas exposiciones temáticas de artista. Pero el resto de las instituciones y museos que también habían recibido donaciones, no movieron un dedo, ni la Biblioteca Nacional de España, ni el Museo Reina Sofía, ni el Museo Lázaro Galdiano, ni tampoco el Museu d’Art Modern, que con el tiempo quedaría integrado en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

Ismael Smith, Ilustración satírica para la revista Foyer. Barcelona, 1909.

Las únicas entidades que organizarían exposiciones de Smith serían la Fundación MAPFRE, con Pablo Jiménez Burillo l’any 2001, y la Fundació Palau, con Josep Palau i Fabre el 2005, las cuales no habían recibido ninguna donación, si no que habían adquirido obra dado el interés que les despertaba el escultor maldito. En 2009 se inauguraba el Museu d’Art de Cerdanyola, y era el primero que dedicaba una sala monográfica al artista, gracias a una nueva y substanciosa donación de García-Herraiz. Sin embargo, en 2017, finalmente el MNAC presentaba la gran retrospectiva que hacía tantos años que debía al artista.

Ismael Smith, Salomé. Nueva York, ca. 1922.

Ahora, es Palau Antiguitats quien, junto con Clavell Morgades, toma el relevo de la vindicación de Smith, con una nueva retrospectiva que abraza todas sus facetas y épocas, con algunas obras tan celebradas como memorables y otras de inéditas que ayudan a conocer mejor y completar el perfil de este escultor, dibujante y grabador, fascinante y contradictorio a partes iguales.

La exposición Ismael Smith (1886-1972), Barcelona, París, Nova York se puede visitar en Palau Antiguitats, de Barcelona, hasta el 31 de enero de 2019.