La sociología francesa del siglo XIX establece que los «hechos» (no las verdades) son tozudos. Así que, aunque pase el tiempo nos recae de nuevo en las manos un «hecho» que parece que tuvo lugar más o menos en 1974 entre un pintor moralista caricaturizando, Ferran Martí Teixidor (Barcelona, 1930), y –sin consulta previa– Antoni Tàpies, el informalista matérico indiscutible.

Por las fechas mencionadas Martí Teixidor pintó un cuadro a la manera del simbolismo prerrafaelita en el que caricaturescamente y bajo la inscripción “Gloria a la fina sensibilidad de Antonia Muro y las bragas cagadas”, aparecía, aureolado por un luminoso arco de medio punto, el pseudorretrato de cuerpo entero de Antoni Tàpies, vestido a la manera de un Cristo (o «Virgen», por la icónica) con mantón azul envolvente (a la manera de las Vírgenes del gótico), que cubre un vestido rojo ceñido por un cordón penitencial. La capa rodea, abriga, conecta una serie de tontos embobados que, sonrientes y agradecidos, miran admirativamente su protector.

Martí Teixidor, “Vitriol”, Gloria a la fina sensibilidad de Antonia Muro, c. 1974.

Esta es la icónica del cuadro. En la parte inferior derecha, encolado a la tela, hay un recorte del diario «El Ciero» con un texto ilegible, pero del que se ve, bajo el lema general de “Cruz y Raya”, la firma Manuel Vela Jiménez, y el título del texto impreso: Arte Pobre. Una fotografía previa de todo ello se encontraba en el cajón de trabajo del crítico Rafael Santos Torroella, que era el crítico de arte titular del Noticiero Universal. Aquel año Tàpies publicó El Arte contra la Estética, (la acción contra la norma; previamente había publicado La práctica del arte, donde se exaltaba también la acción). Todo ello era un alegato contra el arte figurativo, entendido como expresión anacrónica y regresiva del mundo burgués. Los hechos formaban un cómputo que mostraba más o menos a Tàpies, entonces reconocido y celebrado, como gran pintor informalista pero que debía en parte los éxitos internacionales a la necesidad de imagen exterior liberal del régimen franquista, propiciada por el comisario Luís González Robles. M. Infiesta, creador del Museo del Arte Realista, MEAM, de Barcelona, en un comentario al arte de Martí Teixidor, recientemente aún lo afirmaba.

Hasta aquí los hechos. Ahora vamos a ver el sentido y significación posible de todo esto. En primer término, afirmar que una sociedad no es un conjunto claro y transparente, intercomunicado y flexible sino todo lo contrario: oscuro, compartimentado, esclerótico, tramposo y, sobre todo, amoral, al margen de toda norma y principio que no sea la del sacrosanto principio de la propiedad privada (intocable, hasta ahora, en todo el mundo).

Transferido entonces, pero aún vigente ahora, lo que parece que quiere señalar el pintor casero –que había obtenido ya un Premio Wagner en 1955, festejado en la ciudad de Dresde mismo (reconstruida)–, es que en el caso del Tàpies informalista el arte habría perdido su justificación de conciencia moral de los humanos, tal como lo habían ejercido Hogarth, Goya, Daumier, que se sirvieron del dibujo y de la pintura para «representar las Pasiones y, a través de la Epidermis, evocar la Alma que vive en el interior» (Mitchell, 1731), …» mientras yo los describo pintarías sus rasgos: los harías tales como son, dado que te aseguro que no deberías hacer caricatura; los plasmas de tal manera que mirando la cara ya reconocerías el alma»(Swift, 1736), …»se dice que la mejor alabanza que se puede hacer a un pintor es afirmar que sus figuras parece que respiran; pues aún es mayor alabanza decir que parece que piensan» (Fielding, 1742). Con añadidura, obvio, de las tesis sobre fisiognómica y representación de Lavater (1780). Todas estas apreciaciones las aporto para tratar de decir que Martí Teixidor, por medio de una pintura de un concepto académico «otro» –o no académico-, mediante –aunque innovados y personales– estereotipos a la manera de otro pintor catalán coetáneo, Ramon Calsina, y de Río Sierra, o los ya mencionados inglés, aragonés o francés, se puede practicar un arte, no de consumo populista como el de los Teniers holandeses o el de los costumbristas andaluces de finales del XIX, sino un arte atento al gancho de la deformación cómica y del cinismo sarcástico y burlón, sin abandonar, sin embargo, las licencias ejecutivas permitidas por el surrealismo (esto podría justificar la parte de la cenefa alusiva a un cuadro de Dalí donde figura un personaje con los calzoncillos cagados). El arte propuesto por Martín Tejedor se quisiera como una medicina para el alma -Tàpies también lo quería para el cuerpo, por influencia y aceptación de los orientalismos-. Martí Teixidor critica la anestesia -cree él- a la que el arte abstracto contemporáneo ha conducido la realidad. (Cirici, al final del franquismo, llegaría a decir que el arte de Tàpies es el equivalente al emblema figurativo de la aniquilación de la realidad.) Parece que de todo ello sólo se escaparía un Francis Bacon.

Es curioso cómo se invierten las cosas. Si se quiere interpretar la crítica a Tàpies y sus corifeos, entonces resulta que Martí Teixidor -que también ha tenido entre nosotros sus marchantes y sus consumidores-, en otra crítica al pintor Manzoni y su «mierda de artista», culpa a los abstractos -que agrupan todo lo que es negativo para una cultura moral sana- de contracultura fomentada por instructores perversos perversores. El arte vendría a ser o una panacea de salvación o de muerte. El hecho es que mientras uno quiere sanar el cuerpo, el otro quiere sanar el alma.

Todo ello me parece una inversión, si puede expresarse así, de valores donde los buenos son los malos y falsarios según la perspectiva. El costumbrismo se enrosca con el moralismo para convertirse en una sátira del comportamiento social.

Por la curiosidad de cuáles podrían ser los siete corifeos que cobijan al manto del informalismo del Gran Maestro, se podría entender que son los «Siete» del Dau; si alguien encuentra en la caricatura otras semejanzas puede sustituirlas por René Metras, Lluís Maria Riera o alguien más o menos próximo a aquella gente.

Sin embargo, dicho fundador del MEAC, viene a decir del arte de Martí Teixidor -me parece que acertadamente- que tiene la moralidad y la imaginería que nos mostrará posteriormente la novela y el film del Señor de los anillos.

De momento esta observación y reflexión es una invitación a reconsiderar la totalidad del papel del arte en la contemporaneidad. En una sociedad tan controvertida los «papeles» de cualquier cosa pueden ser «los del aleluya».