Con la Covid-19 de trasfondo, estos últimos meses hemos cerrado, en el mundo de las artes, demasiados paréntesis cronológicos. Xavier Grau ha sido, de momento, el último.

Descubrí la pintura monumental de Xavier Grau de la mano de mi maestro Rafael Santos Torroella, en su individual en la galería Salvador Riera (1992). Fue un verdadero latigazo, una revelación que, a saber por qué, me remitía una y otra vez al Grand Verre de Duchamp. Si entonces ya hubiera conocido la obra del canadiense Philip Guston, me habría ahorrado muchas preguntas. Todavía conservo el catálogo de aquella mítica exposición.

De izquierda a derecha: Charo Pradas, Ricard Mas y Xavier Grau, en el estudio, verano de 2008.

No conocí a Xavier Grau hasta el año 1999, cuando escribía crítica de arte en La Razón. En mi primer artículo, afirmaba: «Grau fue, tras una breve etapa de devaneo con el monocromo y el psicoanálisis lacaniano, uno de los máximos exponentes del retorno a la pintura a un primer plano de atención, tras años de conceptual y minimalismo».

Acababa de ser consagrado institucionalmente con una retrospectiva en el Centro de Arte Santa Mónica (1997). Y, a pesar –en mi opinión– de ser el mejor pintor de su generación, sólo realizó otra retrospectiva institucional en el Monasterio de Veruela (Zaragoza) en 2008, y una postrera antológica en el museu Can Framis de la Fundació Vila Casas, en 2014 ¿Como es que ninguna de nuestras instituciones oficiales le ha dedicado nunca más una muestra a un pintor tan grande? En la respuesta se encuentra el porqué de la triste, mierdosa mediocridad de las artes visuales catalanas. Y no me refiero sólo a las instituciones.

Con los años he descubierto que ser buen charlatán, complaciente, y asiduo a saraos e inauguraciones ayuda mucho al progreso profesional. Lo he descubierto en negativo. Y me parece que a Xavier Grau le pasaba algo parecido. Era un hombre amable, de mirada triste, y poca conversación. No era seco, con los ojos te lo decía todo. A saber si buen reflejo de su rica vida interior era el taller que compartía con su compañera inseparable, la pintora –extraordinaria, si bien no tan prolífica– Charo Pradas. Un taller de paredes desnudas y postigos cerrados, para evitar cualquier distracción exterior.

De izquierda a derecha: Charo Pradas, el galerista Miguel Marcos y Xavier Grau, en el estudio, verano de 2008.

Y, por supuesto, con una imagen así, pensaréis que Xavier Grau era un tipo intelectualoide, grave, aburrido; o incluso siniestro. Pues no. A menudo me lo encontraba paseando por la calle con Charo, pero donde lo hallaba invariablemente era haciendo cola en el cine. La última vez les pregunté qué iban a ver. «Black Panther». Hice una mueca. Y me aclararon: «Nos encantan las películas de superhéroes. No nos perdemos ni una, especialmente las de Marvel». Había olvidado su finísimo sentido de la ironía, y su pasión por la cultura pop. Fabricamos un cliché de artista y, por inercia, nos perdemos toda la riqueza del matiz.

He escrito tantas veces sobre Xavier Grau: textos de crítica, textos de prensa de la galería Miguel Marcos, y algún texto de aquellos que firma un político en catálogos institucionales. Las primeras veces, me explayaba a gusto. Pero a medida que iba escribiendo sobre, por ejemplo, exposiciones como Imago (2002), Celebración de la pintura (2008) o Spout & Coffin (2009), se me iban acabando los recursos. Leía a ver qué habían dicho Juan Manuel Bonet, Enrique Juncosa o Fernando Castro, sabios precursores en xaviergrauisme, y nada. La pintura de Grau, sin un solo referente literario, es tan pura que invita al crítico de arte –o comoquiera que nos llamemos– a disertar en una especie de paralenguaje.

«cuanto más dominio tienes de la pintura es cuando menos te dejas dominar por ella»

De las pocas declaraciones que realizó Grau, me quedo con estas palabras a Teresa Blanch: «Si tomamos el ejemplo de Leonardo extrayendo las formas de las nubes y de Miró haciéndolo con las manchas sobre el papel, lo que plantean es un mecanismo para que se ponga a trabajar la cabeza, buscar un mecanismo directo que te conduzca a perder el menor tiempo posible. Por la calle nunca tengo ideas, pensar como pintor es un esfuerzo porque no es un pensamiento habitual. A las imágenes no se las encuentra, las aportas cuando empiezas el cuadro de un modo determinado, incluso en el tono de gris o en la decisión del fondo de base, en cierto modo estás buscando una imagen atrasada o, por qué no, una imagen del bote».

Para Grau, «cuanto más dominio tienes de la pintura es cuando menos te dejas dominar por ella. Los japoneses haciendo bonsáis se diría que los hacen demasiado forzados pero tienen un punto justo, más ya no se sostendrían, y menos ya no valdría la pena. Lo mismo pasa en el arte, forzar posiciones neuróticas o obsesivas del pintor no tiene interés si no deja lugar a la relación con el color y con el dibujo».