«Las calles serán siempre nuestras», gritan los manifestantes. Pero una parte importante de estos manifestantes están de acuerdo en algo, incluso con aquellos en contra de quienes protestan: las paredes no, que no lo son, nuestras.

Las paredes de las calles no pueden ensuciarse con graffiti; «Esto es vandalismo», exclaman unos; «esto no es arte», dicen otros. En nuestras calles admitimos de todo: publicidad, mucha publicidad; señales de tráfico; cableado de todo tipo, de compañías públicas o privadas; pero los graffiti están excluidos. El arte, dicen, se debe ver en los museos.

Mural en la ribera del Llobregat. Foto: Joan M. Minguet.

En el prólogo del libro Murals per la llibertat (1977), Jordi Sarsanedas dice cosas interesantes: que la práctica de los murales políticos que, con el anuncio de la democracia, se habían extendido por las ciudades catalanas, había que interpretarla como parte inseparable del aire de fiesta que había estallado con el final de la dictadura; que aquellos murales significaban la «recuperación de la sinceridad y de la libertad y, en la expresión misma de los agravios denunciados, la alegría de aquella recuperación hecha sensible para la mirada». Y, más aún, escribe una frase que, en mi opinión, no ha perdido vigencia: «quizá vale la pena recordar que, entre las muchas cosas de las que habíamos sido largamente desposeídos, estaba la calle». Aquel libro lo compone más de un centenar de fotografías (cuyo autor era Pau Barceló) de pintadas murales de carácter reivindicativo que se encontraban por las calles de Barcelona y alrededores, con un estudio preliminar (de Alexandre Cirici) donde se subrayan las temáticas, las autorías colectivas, los modos que tenían aquellos murales de reclamar –o de subrayar– aquella fiesta por la libertad de la que hablaba Sarsanedas.

Mural en la ribera del Llobregat. Foto: Joan M. Minguet.

Siempre cuento la paradoja: un buen porcentaje de los murales que el libro reproduce son de partidos políticos (especialmente, el PSUC y el PSC/PSOE) que, en las sucesivas elecciones democráticas, llegaron al poder y, una vez allí, comenzaron a prohibir los graffiti urbanos que unos años antes ellos fomentaban y practicaban. La calle había sido suya, y de muchas otras formaciones políticas y cívicas que se apoderaban de las calles para exigir democracia, libertad e igualdad. Pero después de las primeras elecciones, especialmente de las primeras municipales, en 1979, los ayuntamientos habían hecho suyas las calles y habían comenzado a decidir lo que se podía hacer y lo que estaba prohibido.

Mural en la ribera del Llobregat. Foto: Joan M. Minguet.

¿Porque ya éramos libres y no había que reivindicar nada en las calles? ¡Qué broma! Aquellos partidos presuntamente de izquierdas (los de la derecha no hay ni que mencionarlo) hicieron ver que la dictadura traspasada a la monarquía eliminaba todas las reivindicaciones que aquellas pintadas hacían evidentes, pero era mentira: tras el franquismo, la desigualdad y la injusticia sociales ha continuado extendiéndose. El dolor de la transición tiene muchas variables. En aquellos tiempos se crearon muchos consensos con unas bases nada sólidas. Algunos de estos consensos han empezado a estallar de manera estrepitosa en los últimos años: la monarquía, la justicia española (no lo digo ahora por los presos políticos catalanes: para aquello de lo que hablamos aquí, quizás es más revelador que España sea el estado del mundo con más artistas perseguidos), la impunidad de todos los delitos cometidos por el franquismo…

Mural en la ribera del Llobregat. Foto: Joan M. Minguet.

Todavía hay muchas falacias por derribar. Y en el terreno de la cultura no vamos sobrados: hay muchos acuerdos, concordias, conveniencias que cabría al menos replantear, que se pudiera habla de ello. Quizá ya no se puede retroceder en algunas decisiones que se tomaron a causa de aquellos consensos (por ejemplo, el Guernica no tenía que volver a un país embrutecido por todas las herencias del fascismo que Picasso había combatido, y menos aún alojarlo en un museo que lleva el nombre de la monarquía que heredó el régimen de Franco), pero al menos estaría bien que fuéramos conscientes de las paradojas.

La concepción del arte es una construcción cultural, generalmente vinculada a los poderes, antiguos y actuales.

En la calle se pueden hacer manifestaciones, pero las expresiones visuales que no sean institucionales molestan. Molestan al poder y, mira por dónde, molestan a buena parte de los que se manifiestan en contra del poder. «Esto no es arte», dicen con la boca grande. ¿Y qué «cojovarios» sabrán ellos? Ellos y yo, no creáis que me pongo por encima del resto. La concepción del arte es una construcción cultural, generalmente vinculada a los poderes, antiguos y actuales. Toda construcción cultural tiene unas bases ideológicas. Por lo tanto, el debate sobre si las pintadas urbanas son arte o no lo son tiene un recorrido muy corto. Es evidente que hay personas a las que les molesta el graffito, más aún si los corifeos del sistema insisten en su maldad. A mí me molesta más encontrarme las esculturas repetitivas de Jaume Plensa por las zonas ricas de las ciudades occidentales, pero mi gusto no pasa de ser una anécdota, como el vuestro.

Mural en la ribera del Llobregat. Foto: Joan M. Minguet.

La cuestión es por qué una visualidad es aceptada e impulsada por los poderes municipalistas, y otra es prohibida o expulsada a los arrabales de las ciudades. ¿Quién dijo que el arte deba ser placentero, hermoso, armonioso o deseable? No es necesario invocar el caso de Basquiat, graffitero de la ciudad de Nueva York que subió a los altares del mercado artístico. Sus figuras contrahechas y sus inscripciones a menudo obscenas tenían mucha más fuerza en el metro o en las paredes neoyorquinas que en las salas lóbregas de un museo. No es necesario invocar tampoco la experiencia de Joan Miró en 1969 en la ciudad de Barcelona, cuando realizó una sugestiva pintada de contenido político en las vidrieras del edificio del Colegio de Arquitectos. Él mismo decidió borrar su acción, quizá consciente de que, convertida en obra de arte urbana (o peor aún, trasladada al interior de un museo de arte contemporáneo), perdería toda la carga política, violenta, con la que fue concebida.

Mural en la UAB. Foto: Joan M. Minguet.

Vuelvo al presente. Durante el confinamiento he paseado como nunca por los caminos del lado del lecho del Llobregat, atravesados por puentes y más puentes (carreteras y autopistas, las vías del AVE, del ferrocarril o de la RENFE…) y debajo de estos puentes he visto un montón de murales pintados, unos muy bien diseñados, otros gestuales y deformes. Los jóvenes que los habían hecho habían sido expulsados de Cornellà, Sant Boi, Sant Joan Despí y de otras poblaciones y habían tenido que ir a parar a aquellas zonas deshabitadas para expresarse. ¿Por qué? Aquella visualidad que no complace al poder no puede entrar en los reinos del arte oficial. Insistiré en la cuestión: que aquellos murales, graffiti o «tags» sean bonitos o feos es irrelevante; los museos están llenos de obras (contemporáneas o del pasado) abominables desde criterios técnicos, conceptuales y/o ideológicos, pero como alguien las ha metido allí dentro, poca gente se atreve a acusar a sus autores de falsarios y, aún menos, de vándalos.

Mural en la UAB. Foto: Joan M. Minguet..

En la universidad, al menos en la UAB, donde he trabajado muchos años pasa lo mismo: hay unos murales que el poder universitario (rectores, decanos) consienten si el mensaje que expresan es bastante genérico para estar de acuerdo. Pero cuando las paredes de las facultades o de los espacios cívicos están pintadas o escritas con expresiones contrarias al propio poder universitario, son inmediatamente borradas. No porque unas sean arte y otras no; por puro caciquismo. Tengo la impresión de que una sociedad igualitaria debe comenzar por repensar democráticamente la cultura, más allá de los vicios heredados, de los gustos apoltronados.

Mural en la UAB. Foto: Joan M. Minguet.

Los graffiti urbanos son una forma visual que, gustará o no, molestará o no, pero tiene los mismos componentes estéticos y artísticos que cualquier otra manifestación. Con una singularidad: al estar integrada consustancialmente en el paisaje urbano, es más notoria, más visible para todos los públicos (no sólo para las minorías que van a un museo o a una galería de arte) y, en consecuencia, siempre está bajo los ojos vigilantes de la norma que demoniza, si es que hay alguna norma que no criminalice a los que no la cumplen. Frente al museo, institución jerárquica al máximo, construida desde estrategias verticales, que explica unas sociedades violentas con el débil, con el otro, machistas y nada igualitarias, la visualidad de la calle es otra cosa, compleja en todos los sentidos. ¿Que crea incomodidades? Claro que sí. Si la cultura no nos incomoda o –si conviene– nos irrita, ya podemos ir gritando que las calles serán nuestras, que ni las calles ni los museos lo serán nunca, nuestros.