El pasado viernes 30 de octubre, por azar, escuché la sección que el crítico Àlex Gorina tiene el programa Els matins de Catalunya Ràdio con Laura Rosel.

El día anterior, el Gobierno de la Generalitat, como respuesta a la crisis sanitaria, había anunciado el cierre de la cultura y Gorina mostraba su malestar y ponía en cuestión si la cultura es un bien esencial.

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No entendía cómo era que se clausuraban los cines y los teatros, no podía haber estrenos ni festivales y, en cambio, se abrían las galerías de arte y los museos. Y lo justificaba a través de la idea elitista que se tiene de la cultura. Apelaba, textualmente, al «agravio comparativo incomprensible que pertenece al mundo del elitismo que considera qué cosas son intocables y cuáles son tocables».

Justamente en ese momento yo me dirigía al MNAC, y no había nadie recorriendo sus salas, como suele ocurrir ahora y pasaba antes del molesto patógeno. Los museos son los únicos lugares indemnes a la pandemia: siguen teniendo los mismos visitantes.

“Cataluña es el hospital de la envidia y Barcelona la sala de cuidados intensivos”.

Llevado por la indignación, el crítico Gorina cayó en dos trampas hoy muy recurrentes. La primera es la constante comparación, motor del peor de los defectos que arrastra nuestra psicología colectiva. El periodista Paco Noy lo dejó bien dicho: «Cataluña es el hospital de la envidia y Barcelona la sala de cuidados intensivos», como a menudo le gustaba recordármelo el editor Jaume Vallcorba. Si como crítico y divulgador del cine formas parte de la cultura, ¿por qué tienes que criticar que abran las galerías y los museos?

La segunda trampa es un prejuicio incardinado en ciertos ambientes demagogos: el arte es lujo, elitismo destinado a los ricos, es decir, cosa de sospechosos habituales. Una máxima que atraviesa nuestra sociedad y que nace del desconocimiento más absoluto del sector.

La entrada de un museo cuesta unos diez euros de media (lo que cuesta la entrada del cine, palomitas y bebidas aparte) y las galerías son gratis, el visitante puede entrar sin pagar y sin tener que comprar nada. ¿Qué hay de elitista en todo esto? ¿Comprar arte es elitista (hay originales a partir de cien euros), o es hacer cultura recuperando y preservando nuestro patrimonio a través del coleccionismo? ¿Cuáles son las varas de medir lo que es elitista y lo que no, lo que es prescindible y lo que no? Creo que el punto de vista del crítico Gorina no es preciso, porque mira el sector del arte con las lentes de la comparación y del prejuicio, dos velos que distorsionan su mirada.