Vic es una de las ciudades más bellas de Cataluña.

La ciudad de los santos, la llamaban, desde que Miquel Llor la bautizó, llena de iglesias que tienen ese olor de humedad mezclada con el tiempo que siempre te transporta a Italia.

Descendimiento de Erill la Vall, siglo XII. MEV. El personaje de la izquierda es el «mal ladrón» Gestas.

Me gusta pasearme por la Rambla y adentrarme en el laberinto de la ciudad vieja y caminar bajo la sombra del Templo Romano, y bajar hasta la Catedral forrada con las pinturas tintorettianas de Sert: una ensalada de oro y chocolate. A cincuenta metros hay un edificio moderno –obra del recientemente fallecido Federico Correa– que alberga el Museo Episcopal de Vic, el mejor museo de arte medieval catalán, MNAC aparte.

La primera vez que lo visité –me debería llevar mi padre cuando era un niño– estaba integrado en la Catedral, y lo recuerdo como un desbarajuste de piezas, vitrinas destartaladas y mucho polvo; como un viejo museo municipal siciliano. El museo de ahora es su antítesis, uno de los mejor hechos aquí en casa.

Cuando lo visito, voy directamente a la planta que está a pie de calle para ver el Descendimiento de Erill la Vall. Esculturas articuladas de madera que de tan erosionadas parecen de corcho, salidas del túnel del tiempo. El «mal ladrón» Gestas nos saca la lengua, infeliz como es, con los ojos tapados obviando su inminente final. Se despliegan un grupo de Maiestas Mariae y Cristos crucificados de diversa calidad y nivel de conservación, algunos, para mí, demasiado restaurados siguiendo los criterios antiguos de mejorar la pieza a través de un proceso irreversible y con un resultado a veces lamentable.

Majestad de Sant Boi de Lluçanès, segunda mitad del siglo XII. MEV.

De las tallas, la que más me gusta es la Majestad de San Boi de Llobregat, de la segunda mitad del XII, que es, con menos policromía, hermana de la Batlló del MNAC. Me fascina el diablo que se cuelga de la balanza para ganarle la partida al arcángel Miguel en el lateral de altar del maestro de Soriguerola. El retablo de Bernat Saulet y colaboradores de la Vida de Cristo procedente de Sant Joan de les Abadesses es un cómic fosilizado en alabastro. Un prodigio.

La pintura gótica del museo es una maravilla.

La pintura gótica del museo es una maravilla. El gerundense Lluís Borrassà es la estrella y no puedo dejar de mirar como pinta las Tentaciones de San Antonio con el Diablo disfrazado de mujer fatal. Y no digamos el majestuoso retablo de la advocación franciscana que la última vez que lo vi no se encendía la luz de la sala, y no me importó porque me permitió captarlo como se hacía originalmente con los dorados comiéndoselo todo.

Ramon de Mur, detalle del Retablo de Guimerà, 1402-1412. MEV.

Me encanta el monumental Retablo de Guimerà de Ramon de Mur, del gótico internacional, y me fijo en los paisajes de rocas afiladas detrás del Nacimiento de Cristo o en Adán y Eva cuando son expulsados del Paraíso como si salieran de un palacio fantástico de color de sorbete de fresa, o en el mar Rojo abriéndose como las tumbas del Juicio Final. Una interpretación maravillosa de la iconografía con ecos llegados de Siena que hubiera hecho las delicias de Dalí.

Joan Gascó, Santa Faz, hacia 1513. MEV.

El Renacimiento está muy bien representado con la saga de los Gascó. Impresiona la Santa Faz de Joan Gascó, que anticipa el patetismo del Barroco y contrasta con la escena del Nacimiento de Pere Gascó, a la que últimamente se ha sumado una nueva versión, generosamente depositada por el mecenas Joan-Artur Roura i Comas.

Una de mis piezas favoritas del museo es el frontal de altar llamado «Paño de las Brujas», que se conserva en el piso superior entre otras piezas textiles. El esplendor de Al-Ándalus se concentra en esta obra que hace un metro por dos aproximadamente, donde se representan animales fantásticos con cuerpo de león, alas de ave, garras de arpía y cola de serpiente entre cabezas de pantera , todo bañado en un rojo sanguinolento.

Bernat Martorell, Crucifixión de Santa Eulalia, del retablo de Santa Eulalia y San Juan, 1427-1437. MEV.

El Museo Episcopal de Vic hace un trabajo excelente. Su web y comunicación digital son muy buenas, y las exposiciones, de primera. Su pasivo es los pocos visitantes que recibe; descontando las escuelas, poquísimos, muy por debajo de los que merece. En fin, es un mal endémico del país, ya hemos hablado de ello, qué le vamos a hacer.

Cuando marchaba del MEV, empezaba a nevar y asocié el ritmo hipnótico de los copos con una de las mejores imágenes del museo y del gótico internacional. La tabla de la Crucifixión de santa Eulalia de Bernat Martorell (1427-1437) donde la santa con cara de Virgen de Malinas, medio desnuda, adentra su cuerpo asténico en la nieve que ella misma ha provocado como si se probara la parte de abajo de un vestido de novia, todo ello por pudor y dignidad… ¿Puede haber una invención más bella? Poesía pintada…