Un taxi es un confesionario. La diferencia está en que los roles no están claros, a veces el taxista hace de cura y el cliente de fiel o viceversa.

Ejercí de cura en un trayecto largo y el taxista me mostró, sin tapujos ni pudor, las heridas aún sangrantes de su reciente separación. Conozco bien el trasfondo de un mal matrimonio: un cóctel explosivo de miserias, culpabilidades y rencores, en resumen, escombros humanos.

Stanislaw Szukalski.

Mi confesado me describió a su ya ex con unos términos que no he olvidado: una psicópata narcisista compulsiva maligna. Todos conocemos a individuos que se creen mucho más de lo que son, que van de genios por la vida y desprecian a los demás para afirmarse ellos mismos. Eeconocí a uno viendo el documental que Netflix dedica al escultor Stanislaw Szukalski, al que la crítica consideró un día el mejor artista polaco del siglo XX.

Con el ritmo trepidante de un thriller, Struggle: la vida y arte de Stanislaw Szukalski –producido por Leonardo di Caprio, con el que convivió en su niñez en California– es un buen documental de un hombre nacido bajo el signo de Saturno.

En éste se narra como Glenn Bray, coleccionista de arte pop, vio en una librería de California un libro de 1923 con dibujos, pinturas y esculturas de un artista cuya firma, una caligrafía retorcida e inolvidable, era imposible de leer. Tiempo después tuvo la suerte de tropezar con un cartel con la misma firma enigmática que finalmente pudo descifrar: Stanislaw Szukalski.

Ahora había que encontrarlo, y el azar hizo que viviera cerca de ellos. Durante 105 minutos que pasan rápidos, conocemos la vida secreta de este genio. Su origen de niño prodigio en Cracovia, el salto a los Estados Unidos huyendo de una Europa en guerra, el retorno a Polonia y su paso breve por la Academia de Bellas Artes, donde se negó a trabajar con modelos. Lo conocemos de mayor –un narcisista insolente y soberbio pero a la vez tierno y frágil– y podemos comprender cómo era de joven: «pongo a Rodin en un bolsillo y a Miguel Ángel en otro y camino hacia el sol».

Flirteó haciendo obras para los nazis y Mussolini.

Las entrevistas con él y sus amigos, jóvenes hippies americanos que conoció en los años setenta, se combinan con imágenes de sus obras, que son una fusión entre las esculturas monumentales precolombinas, los tótems de la Isla de Pascua, Miguel Ángel y Rodin, todo pasado por el filtro del art déco cuando se injerta con arte fascista. De hecho, flirteó haciendo obras para los nazis y Mussolini, al tiempo que escribió el poema Krac, un manifiesto antisemita.

Obras misteriosas a medio camino entre lo sublime y lo ridículo, la obra maestra y el kitsch, la mayoría de las cuales fueron destruidas en 1939 por un bombardeo. Szukalski sobrevivió de milagro porque una obra monumental, Boleslaw, le cayó encima y permaneció sepultado días bajo los escombros. El acierto del documental es el juego entre realidad y ficción, las preguntas sin respuesta que se lanzan al espectador y que hacen pensar en si lo que vemos es real o es una farsa, si es un buen artista o no…

Toda biografía tiene luces y sombras porque el bien y el mal están en el corazón de la naturaleza humana. Szukalski vivió una vida intensa. Vio morir su padre atropellado, y diseccionó su cadáver para comprender la anatomía del cuerpo humano, vivió el éxito y el amor, así como el fracaso y la pérdida. Un hombre pequeño y musculoso con un cráneo afilado donde brillaban unos ojos de lapislázuli, un rostro muy diferente de las imágenes en sepia del joven andrógino con pelo de paje. Su historia es, en parte, la historia de la cultura europea de entreguerras del siglo pasado aniquilada por la ignominia.