De entre todas las expresiones artísticas, la cerámica es de las más puras porque, entre la materia y el objeto sólo hay la mano humana, batiéndose con el barro en el torno y la imprevisibilidad del fuego.

Un arte orgánico y azaroso, sí; y bien que lo sabía Josep Llorens Artigas, el mejor de nuestros ceramistas cuando, como un panadero al amanecer, llevaba sus jarrones al horno sin saber qué pasaría horas después.

Maria Bofill, Mont-serrat, 2009.

Cada pieza era una revelación, en cada cocción estaba el enigma del arte cuando también es alquimia o magia… Un día lo tenía todo preparado para trabajar con Picasso y el genio malagueño no se presentó. Entonces comenzó a trabajar con Raoul Dufy. En parte, la historia del arte se escribe a través de la arbitrariedad de las relaciones humanas…

Divago sobre la cerámica ahora que hace unas semanas nos llegó la triste noticia de la muerte de Maria Bofill, una ceramista en mayúsculas, que sucumbió a esta maldición de la peste en tiempos modernos.

La última vez que la saludé, estaba contenta de ver sus obras junto a las de sus colegas y amigos en la muestra que Mónica, mi hermana, organizó en la galería (El arte del vacío. Ceramistas contemporáneos, Artur Ramon Art, septiembre a noviembre 2020). Sutil exposición comisariada por Caterina Roma, donde me di cuenta de que el colectivo de los ceramistas está formado, mayoritariamente, por un grupo de amigos intergeneracional que comparte ideas y recetas, unido de manera muy inusual entre creadores, es decir, egos.

 

 

Maria Bofill se dedicó en cuerpo y alma a la cerámica y lo hizo en una doble vertiente, como artista y como pedagoga. Su larga carrera en los dos campos es de todos conocida, siendo un referente nacional e internacional en la materia. Trabajó normalmente en porcelana con unas piezas, vasos con forma de copa sostenidos por columnas, que tienen una voz propia, un sello. Se inspiró en la arquitectura y las formas naturales.

Las incisiones, manchas u orificios quedaban fosilizados en el horno a modo de declaración de intenciones: el arte no es perfecto.

Desde los años sesenta expuso todo el mundo, de Francia a Japón, de Bélgica a México. Y como docente impartió durante cuarenta años en la Escuela Massana, siendo una profesora reconocida y estimada. Su obra era como ella, serena y sencilla, con formas tradicionales decoradas con pinceladas donde dejaba al descubierto las incisiones, manchas u orificios que quedaban fosilizados en el horno a modo de declaración de intenciones: el arte no es perfecto.

Conocí a María Bofill en 1989, cuando la expusimos en nuestra sala de la calle de la Palla, 23; y desde entonces quedé atrapado por sus piezas blancas o polícromas que me recuerdan la cerámica que aparece en la pintura antigua. Sobre la chimenea de La fragua de Vulcano, de Velázquez, hay una pequeña jarra blanca que podría ser el embrión de las copas de Maria Bofill. O detrás de las cerámicas con las que Zurbarán construía sus naturalezas muertas, reside el mismo trasfondo: una ofrenda mística para un Dios, desgraciadamente, hoy tan ausente…