A los humanos nos gusta compartimentar, por eso a veces los grises y los caminos de en medio nos acaban pasando más desapercibidos que los extremos.

En la historia del arte catalán de la primera parte del siglo XX se suele contraponer el Noucentisme con las vanguardias. Pero la realidad es mucho más compleja, y sin negar que existen estilos y movimientos, con bases ideológicas y estilísticas divergentes, cada vez más la historia del arte se percibe como un flujo de convivencias, que aún resulta más enriquecedor y fascinante que un relato, ya obsoleto, con etiquetas fijas.

Feliu Elias, La galeria, 1928. MNAC, Barcelona.

Mostrar toda esta complejidad a través de una cincuentena de obras es lo que hace la exposición Realisme(s) a Catalunya 1917-1936, una iniciativa impulsada por la Xarxa de Museus d’Art de Catalunya, y que ha iniciado su itinerancia en el Museo Maricel de Sitges y continuará más adelante en el Museo de Valls y el Museo de la Garrotxa de Olot. Su comisaria, Mariona Seguranyes, ha explorado diligentemente como algunos artistas optaron por la renovación de su lenguaje plástico, pero sin renunciar a la figuración, una manera de hacer que conectaba directamente con lo que estaba pasando en Europa con movimientos como la Nueva Objetividad alemana o el Novecento italiano.

Pablo Picasso, Arlequí, 1917. Museu Picasso, Barcelona.

Picasso, precisamente el primero que estaba convencido que la sucesión de estilos en su obra no suponía una “evolución”, es el referente más claro de los artistas catalanes incluidos en la exposición. Por lo tanto, es de una gran coherencia que en la exposición esté presente El Arlequín, obra pintada por Picasso durante su estancia en Barcelona en 1917, y que en cierto modo simboliza el llamado “retorno al orden” del pintor malagueño, tras el estallido del cubismo. Es todo un lujo que la célebre pintura haya viajado a Sitges desde el Museo Picasso ya que es una de sus obras más emblemáticas y después que hace poco que se celebró el centenario de la donación de la obra en Barcelona por parte del pintor.

Salvador Dalí, Estudi per a «Figures ajagudes a la sorra», 1926. Museu de Montserrat, Abadia de Montserrat.

La sombra del malagueño está presente en toda la exposición ya que él fue inspiración de muchos de los artistas representados. Un caso es Dalí, que en el estudio de Figuras tumbadas en la arena, dibuja unas mujeres de formas muy picassianas; o un artista que evolucionará de manera muy diferente como Pere Pruna, con un retrato de su esposa que recuerda los que Picasso hacía de su mujer, Olga.

Francesc Vayreda, Palco d’envelat, 1921. Col·lecció particular. En dipòsit al Museu de la Garrotxa, Olot.

Pero más allá del influjo picassiano, la exposición descubre joyas de los museos de la Xarxa catalanes y también de colecciones particulares que quizás en otro contexto pasarían más desapercibidas. En 1928 una joven Ángeles Santos ejecutó un retrato de su prima, oscuro y melancólico, una obra muy madura que nunca se había expuesto antes. También es un auténtico placer descubrir la riqueza compositiva y los colores de un cuadro como Palco de entoldado (1921), de Francesc Vayreda o Los jugadores (1920) de Francesc Domingo.

Josep de Togores, Les joueurs de billard, 1920. Col·lecció Casacuberta Marsans.

Otros jugadores, en este caso de billar, protagonizan una de las obras maestras de Josep de Togores, también de 1920, que acusa la influencia de la Nueva Objetividad. La figuración aparentemente inofensiva y clásica del retrato del hermano niño de Feliu Elias, esconde figuras inquietantes a su alrededor. Nada es lo que parece. No es una figuración nada inocente como la de La galería, también de Elias, virtuosa, un poco “vermeriana” que apunta a un tema que a Mariona Seguranyes le interesa especialmente: la melancolía de este momento de entreguerras. Un periodo, melancólico, cierto, pero también absolutamente esplendoroso, que desgraciadamente se truncó con dos guerras más y una derrota absolutamente destructiva para el arte catalán.

La exposición Realisme(s) a Catalunya 1917-1936 se puede visitar en el Museo de Maricel, en Sitges, hasta el 13 de octubre.